La invención necesaria
William Carlos Williams
2013
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  • Traducción, prólogo y notas a cargo de Juan Antonio Montiel
  • Edición al cuidado de Ignacio Echevarría

“La invención es la madre del arte”, escribía William Carlos Williams en 1954. Y añadía: “Debemos inventar nuevas formas que suplanten a las que están gastadas”. Poco antes, en 1948, en una carta dirigida a Jean Starr Untermeyer, Williams subrayaba la obligación que tenían los poetas como ella de “inventar una nueva prosodia basada en el mundo actual y válida para nosotros”. Ésa era, según él, “la invención necesaria”, algo que en aquellos días entrañaba el imperioso deber, por parte de los poetas que vivían y escribían en Estados Unidos, de adueñarse de su propia lengua, que para Williams hacía mucho que ya no era el inglés, sino lo que él llamaba, con provocadora insistencia, el “idioma estadounidense”: “un idioma nuevo e inesperado” cuyo desarrollo iba a depender “de quienes, como Whitman, han apostado por sus congéneres y por el orgullo de una raza emergente, la suya propia”.

Reuniendo ensayos, charlas, poemas y cartas escritos en el transcurso de medio siglo, este volumen, apasionadamente armado y presentado por Juan Antonio Montiel, propone un acercamiento múltiple y cabal a la obra decisiva de William Carlos Williams, muy insuficientemente divulgada en lengua castellana, a pesar de los paralelismos que cabe establecer entre algunas de sus direcciones y las que determinaron el surgimiento en Latinoamérica de la antipoesía (conviene recordar que Williams tradujo algunos poemas de Nicanor Parra).

Profeta en su propia tierra, Williams no cesa aquí de proclamar el advenimiento de una nueva poesía adaptada a la medida, al ritmo, a la fluidez del habla común, liberada de las cargas de una tradición en la que ya no le cabe reconocerse. Lo hace con talante fundacional y abiertamente polémico, señalando estentóreamente enemigos y aliados de su causa, configurando el mapa de un nuevo continente poético al que apunta esa “otra” vanguardia en la que él mismo milita con riesgo y con ardor, y en la que cobran un destacado relieve la figura precursora de Poe y la nueva lengua ensayada por autores como Ezra Pound, Marianne Moore o E. E. Cummings.

WILLIAM CARLOS WILLIAM (Estados Unidos, 1883-1963) nació en Rutherford, Nueva Jersey, el mismo lugar donde moriría ochenta años después, y prácticamente en la misma casa. Hijo de un inglés y una portorriqueña, estudió medicina en la Universidad de Pensilvania, donde conoció al poeta Ezra Pound. Sus primeros poemas estuvieron fuertemente influidos por el poeta romántico inglés John Keats, pero pronto se desplazó hacia la vanguardia y se unió al grupo de los imagenistas, del que Pound era un importante impulsor. Otros poetas importantes nacidos en Estados Unidos, como H. D. y Marianne Moore, formaron parte de ese grupo. Más tarde, y sin dejar jamás de ejercer como médico en Rutherford, Williams se convirtió en el principal impulsor de una estética fundada en la observación y el uso de lo que él mismo llamó el “idioma estadounidense”, prescindiendo fundamentalmente de contenidos sentimentales y subjetivos. Sus ideas y su actitud lo convirtieron en un opositor acérrimo de los postulados de T. S. Eliot, lo que dificultó su penetración en el entorno inglés, al tiempo que lo distanciaba de la crítica académica de Estados Unidos. A pesar de todo, Williams ejerció una profunda influencia entre poetas más jóvenes que él, como George Oppen o Louis Zukofsky, y su figura se volvió fundamental para otros como Allen Ginsberg, máximo representante de la poesía beat, los miembros del llamado San Francisco Reinassance, fundado por Kenneth Rexroth, y el grupo vinculado al Black Mountain College, del que formaban parte Charles Olson y Robert Creeley. En 1963 se le otorgó póstumamente el Premio Pulitzer por su colección de poemas Pictures from Brueghel.

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