LA GRAN LICENCIA

Refiriéndose en 1968 a la Escuela de Poesía de Nueva York, a la que suele ir asociado su nombre, John Ashbery decía que lo propio de los poetas supuestamente adscritos a ella sería ostentar un programa basado en “la ausencia de cualquier programa”. “Supongo que esto equivale a no planificar el poema de antemano”, añadía, “a dejar que siga su camino, a vivir en un estado de permanente alerta y a estar preparado para cambiar de opinión si las circunstancias así lo exigen”. Y se acordaba Ashbery de las palabras con que Henri Michaux aludía al surrealismo (“la grande permission”) para concluir: “La gran licencia es, según creo, una definición de poesía tan buena como cualquier otra, y, en cualquier caso, es la definición que a mí me interesa destacar”.

Esta definición explica por qué, en su prólogo a este volumen, Gonzalo Torné dice de los textos reunidos en él que suponen un poderoso antídoto contra los sueños de la vanguardia y el dogmatismo a que tantas veces dan lugar, “un contraveneno que procede además de quien pasa por ser el más original e imprevisible de los poetas estadounidenses”.

John Ashbery, considerado hace ya mucho como un clásico vivo, reflexiona aquí sobre su propia poesía y la de algunos de sus maestros y contemporáneos. Marianne Moore y Elizabeth Bishop, Robert Duncan, Frank O’Hara, James Schuyler, Robert Creeley y Charles Tomlinson, A. R. Ammons y John Wheelwright son algunos de los nombres que desfilan por estas páginas, que incluyen también significativos asomos a “otras vanguardias”, encarnadas por escritores como Raymond Roussel y Pierre Reverdy, Jorge Luis Borges e Italo Calvino.

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